¿Romantizar la maternidad? Dos miradas que pueden convivir

Published by Lianet Cylwik Lopez on

Hace poco viví un debate incómodo sobre la maternidad.

No fue una pelea.
No hubo insultos.
Pero sí hubo tensión.
Y, aunque parecía una conversación ligera, me removió más de lo que imaginé.

Y me dejó pensando.

Porque cuando hablamos de maternidad, no hablamos solo de hijos. Hablamos de identidad, de expectativas, de heridas, de experiencias acumuladas con el paso del tiempo.

Y entendí algo importante: no todas vivimos la maternidad desde el mismo lugar emocional.

Primero: su postura (y quiero defenderla con honestidad)

Existe una crítica muy válida hacia la romantización de la maternidad.

Romantizar puede invisibilizar el cansancio crónico.
Puede minimizar la carga mental.
Puede hacer sentir culpable a quien no se siente plena.
Puede crear la idea de que una “buena madre” debe amar cada segundo.

Y eso no es justo.

Porque la maternidad es extremadamente dura.
En todas sus etapas.

No solo cuando son bebés.
No solo cuando no duermen.
No solo cuando dependen completamente de ti.

En todas.

Nunca se está completamente preparada para la maternidad.
Por más que la desees.
Por más que la planees.
Siempre te sorprende. Siempre te exige más de lo que creías tener.

La maternidad no es una fase que se supera.
No se acaba nunca.
Cambia de forma, pero no desaparece.

La vida después de ser madre se transforma profundamente.
Hay un antes y un después.
Y muchas veces ese “después” se siente como un caos.

Y llamar caos a esa transformación no es desamor.
Es reconocer que tu vida ya no te pertenece del mismo modo. Tal vez no se trata de negar el caos, sino de aprender a ser feliz dentro de él.

También está la idea de que la maternidad no define a una mujer.
Que no es el único camino hacia la plenitud.
Que quien decide no tener hijos también puede vivir una vida completa y feliz.

Se puede amar profundamente a los hijos, volver a elegir ser madre sin dudarlo…
y al mismo tiempo reconocer que fue muy, muy duro.

Desde esa mirada, romantizar puede parecer una forma de suavizar algo que es estructuralmente exigente.

Y esa postura merece respeto.

Ahora: mi postura (y también quiero defenderla al 100)

Yo romantizo la maternidad.

Pero no porque ignore lo difícil.
No porque crea que todo es perfecto.
No porque no esté cansada.
No porque no haya llorado.

Romantizo porque, aun viendo lo difícil, elijo mirar lo que me transformó.

Romantizo porque mis hijos no me quitaron identidad, me revelaron una parte que no conocía.
Porque encontré propósito en lo cotidiano.
Porque descubrí una profundidad emocional que antes no tenía.

Sí, tengo bebés.
Sí, estoy en una etapa intensa.
Sí, quizás en el futuro mi mirada cambie en matices.

Pero no siento que el crecimiento de mis hijos vaya a borrar lo que hoy siento.

No creo que amar profundamente esta etapa sea ingenuidad.
No creo que elegir ver lo bello sea falta de realismo.
No creo que romantizar sea mentirse.

Romantizar, para mí, no es negar la dificultad.
Es decidir que la dificultad no tiene la última palabra.

El punto que más me hizo pensar

En el debate surgió algo que me movió:
Que quizá solo romantizo porque estoy en la etapa de bebés.
Que cuando crezcan, lo veré distinto.

Y eso me incomodó. Me hizo preguntarme si estaba viendo la maternidad desde un lugar ingenuo.

Porque sentí que mi vivencia actual estaba siendo reducida a una “fase”.
Como si mi percepción no fuera válida, sino temporal.

Pero también entendí algo:
Quizás su mirada está construida desde más años de experiencia.
Desde otra etapa.
Desde otro cansancio acumulado.
Desde otra realidad.

Y eso también es válido.

Entonces, ¿quién tiene razón?

Las dos.
Y ninguna.

Porque la maternidad no es un concepto único.
Es una experiencia subjetiva.

Algunas necesitan hablar del caos para no sentirse solas.
Otras necesitamos hablar del amor para no olvidar por qué lo elegimos.

Algunas se sienten completas sin que la maternidad sea el centro.
Otras encontramos en ella un eje profundo.

Y ninguna invalida a la otra.

Lo que aprendí

Aprendí que defender mi visión no significa imponerla.
Aprendí que validar la experiencia de otra mujer no implica traicionarme.
Aprendí que puedo romantizar y, al mismo tiempo, reconocer el cansancio.
Aprendí que alguien puede no romantizar y, aun así, amar profundamente a sus hijos.

Y, sobre todo, entendí algo más grande:

No existe una única forma correcta de vivir la maternidad.

Yo seguiré romantizando.
No porque sea perfecta.
No porque no esté cansada.
Sino porque así elijo vivirlo.

Y si un día mis hijos crecen y mi mirada cambia en matices,
eso no invalidará lo que hoy siento.

Porque cada etapa tiene su verdad.

Y esta es la mía. Vivirla así también es una forma válida de amar.

Categories: Maternidad

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